23 Dec

Paisajes de la estupidez

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¿Han visto ustedes qué casas, qué interiores, tan insólita  y bellamente estructurados; qué muebles, qué complementos,  qué cocinas, qué baños de Popea, qué refinamiento  hedonista, publican los dominicales de los semanarios  ilustrados, en sus páginas dedicadas al hogar y la  decoración?

Cualquiera que sea su ideología, en esto  parece que todos se han puesto de acuerdo.

¡Qué envidia!  ¿No? ¿Pero se han fijado ustedes también en cómo son los  pisos que se venden, una suerte de madriguera  cuadriculada, incluso los pisitos de playa, segunda  residencia cutre al borde del agua ?

¿Quién que se haya  comprado uno de estos apartamentos tiene el costoso  capricho de transformar semejante espacio y hacer que se  parezca un poco a esos «buenos ejemplos» ilustrados,  tirando tabiques, atentando incluso a paredes maestras,  poniendo en peligro al edificio?

Nadie de esa clase media,  tan abundante, que soñaría con vivir en interiores tan  atrayentes, espaciosos, aireados y luminosos, como esos  que se difunden en los periódicos.

También hay  gente culta y refinada que se tiene que meter por fuerza  en esos apartamentos de la tradición-especulación  inmobiliaria. Hacen lo que pueden para imprimirles  personalidad, pero no pueden mucho y se nota el esfuerzo  que han hecho y la conformidad que han asumido luego.

Se  resignan a parecer lo que son, intelectuales y pobres.  Casi todos mis amigos de juventud vivían en apartamentos  así, apartamentos de la resignación inmobiliaria urbana,  aunque fueran raros y exquisitos poetas, como Carlos  Edmundo de Ory, o renovadores y profundos dramaturgos,  como Alfonso Sastre.

Todos aquellos intelectuales de  izquierdas, en aquellos recintos, estaban obligados -casi  sometidos- a ser lo menos hedonistas posible, que se  olvidaran del socialismo estético de Oscar Wilde.

Como  españoles, tenían que ser mucho más austeros. Pero no se  diferenciaban mucho sus hogares de los hogares  falangistas, excepto por la cantidad y el contenido de sus  libros.

Salvo quienes hayamos tenido mucha suerte, tanto  en aquellos tiempos como en estos, las casas que habitamos  -ya sean antiguas o modernas-, reducen a cualquier  ocupante a su vulgar, estrecho e indiferenciado trazado,  arquitectura de siempre para siempre.

Por esto mismo, casi  me indignan esas páginas de arquitectura y decoración, que  nos muestran cómo se debe vivir en nuestro tiempo, con  tanta originalidad, con tanto cuarto de baño en el que se  ubica un jardín, con tanta cocina-salón-biblioteca, en la  que puede recibirse al Príncipe de Gales «sin desentonar»;  con tantos ondulosos divanes, con tantos vericuetos y  altibajos, escaleras de caracol, lámparas planetarias a  diferentes alturas.

Esto sí: los decoradores se guardan  muy bien de poner un cuadro que represente una «Vista  general de Segovia», ni aunque fuera de Zuloaga.

También  esos elegantísimos ejemplos y sugerencias, son vulgares y  convencionales por dentro, y para mí son sueños  detestables.

Arquitectos y decoradores se devanan  los sesos para imaginar una vida de interior riquísima,  holgadísima, refinada -en colaboración con todas las  industrias del ramo- que llegan a materializar para no  sabemos qué afortunados, y que luego fotografían con todo  detalle, hasta con la mesa puesta, en la que incluso una  salsera es exclusiva de diseño y forma.

Se hace un  enfático reportaje de la casa -sea ésta más o menos  lujosa- como si pudiera vivir en ella Lord Byron. Y su  «ligue», ya sea varón o hembra. No son casas y  apartamentos matrimoniales, sino de vida libre. Los toques  femeninos son muy evitados, tanto como la presencia y las  necesidades de los niños. No sé por qué tengo la impresión  de que allí no puede vivir nadie que «sea de verdad».

Lo cierto es que en nuestras grandes y modernas ciudades, la mayoría de los  mortales habita en espacios cada vez más reducidos,  cuadriculados y, además, jerarquizados a la antigua. Todos  los apartamentos que nos venden son eso, a veces son un  toque de «quiero y no puedo».

¿Quién va a soñar vivir de  otro modo si no es más que suficientemente rico, como  alcalde de pelotazo?

Allí siempre parecerá pretencioso  introducir muebles palaciegos y enfáticos y su arreglo, más o menos posible, se limita a ganar como espacio  habitable la terraza exterior.

Pero luego viene la «vida  falsa de los periódicos, los falsos espacios, las falsas  audacias ornamentales, los falsos caprichos de la  vanguardia, los falsos techos con estrellas de verdad, las  baños con ciprés al lado, las cocinas con biblioteca, los  retretes con mini-golf.

Y los consejos para instalarse  «como un señor» en la jungla amazónica, sin dañar a la  naturaleza, los consejos para instalarse con toda  frescura, gozando de cascadas de agua recuperable, en una  parcela del desierto; cómo aprovecha una princesa, para  juergas, el cuartucho de su sirvienta; cómo se convierte  una vieja cuadra en el lugar más idóneo para leer a  Proust.

Todo, porque usted se lo merece, porque usted es  un dandi y tiene que parecerlo. O es usted una famosa,  como Madonna, una loca divina que siempre sabe lo que  quiere.

Qué paisaje de estupidez presenta todo esto!

 

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