23 Dec

El esqueleto de la arquitectura nacional

arquitectura españa

La arquitectura es un Arte que se proyecta con inspiración  servida por la técnica capaz de realizarla.

Quien la sueña  tiene en cuenta el fundamento estructural de su edificio,  de su ciudad, del entorno sobre el que va a operar.
Ningún arquitecto que quiera eternizar su obra pulveriza  el terreno, si consolidado, sobre el que va a asentar las  cimentaciones de su construcción. Construcción a la que  pertrechará para aguantar los vendavales que  intermitentemente van a azotarla.

La arquitectura de  España parece estar sufriendo hoy la negación de aquellos  principios elementales.

La historia basamental  elaborada a lo largo del pasado merece ser contada en un  lenguaje compartido, soporte culto de nuestro orgullo;  lenguaje, el español es de todos y del mundo, que por  resumir tantos hechos convocadores de cercanías y  distancias, de alegrías y dolores universales, no puede  ser elemento de discordia; más bien se ocuparía de  resaltar los recuerdos comunes felices -que los hay- y así  recrear un amor ante el que se puedan hacer concesiones  que nunca se permitirían frente a un paisaje de odios.

origami2A  medida que avanza la tecnología, su aplicación a la  investigación histórica permite un conocimiento más  certero e imparcial de la materia que debería convertirse  en mensaje pedagógico para entrañarse en el sentimiento de  nuestros hijos. La historia así conocida nos uniría; la  geografía lo haría de modo aún más evidente. La propiedad  de ambos conceptos sería defendida por una fuerza ejercida  potencialmente por un solo ejército, presidido por una  sola cabeza, símbolo pacificador personalizado de una  patria de todos.

Patria que sería representada ante el  mundo por un cuerpo diplomático dispuesto siempre a cuidar  la paz, pero, también, a declararse embajadora de una  fuerza vindicativa desde el conjunto del estado.

Estas  afirmaciones, lugares comunes hasta hace poco, parecen  bastardearse: Si se buscan y desentierran elementos  corrosivos y disolventes de un pasado asumido por  digerido; si se juzgan y critican sectariamente períodos  archivados de la historia; si se denigran,  seudointelectualmente, sentimientos religiosos o místicos,  que fueron argumentos conformadores de nuestra identidad  viva y variable, pero desde su sensato asentamiento; si se  atiende a desmembrar una unidad entronizada secularmente y  consolidada desde antiguo.

Sinrazones todas que  examinadas sorprenden por su coincidencia con los flujos  que socavaron hace doscientos años nuestros fundamentos  nacionales, en beneficio de los dos poderes continentales  máximos en la época, Francia e Inglaterra, cuyo empeño  ejercía especial énfasis en la pérdida de nuestras  colonias, riqueza que engrandecía comparativamente a  España.

En consecuencia, si tales flujos  favorecieron la subversión iberoamericana desde las logias  vecinas que promovían la escisión de aquel continente de  su alma mater, hoy parece que resucitan para desgarrar a  la misma madre, justamente cuando revivía tanto a escala  patria como internacional.

Y resulta lógico suponer la  existencia de un nuevo directorio destructivo  internacional inspirador de su cofradía de secuaces  locales. Prefiero creer que el mal viene pastoreado en  parte desde fuera a suponer que sólo es fruto de un  resentimiento individual localizado.

Tales sicofantes  no tendrán que levantarse en armas para promover la  independencia de sus acólitos y tengo por seguro que no  serán esculpidos como heroicos jinetes a caballo.

La  historia los retratará como merecen: inocuos leguleyos,  mercenarios de un triste poder.

Cuando se predica un  federalismo a ejemplo de otros grandes países, debe  recordarse su apasionada y orgullosa defensa de los  símbolos comunes, de su patria grande, de su nombre y  bandera. Nada que ver con los que nos cuenta un sermón que  niega un sustantivo histórico -España- para sustituirlo  por un apelativo administrativo -Estado español- que ni  siquiera porta estandarte.

La España futura, enraizada  en su semilla milenaria e imperecedera, fructificará  estructurada y alegre tan pronto como se despierte del mal  sueño, para alistarse a uno joven y fresco en el que:

1.la  historia sea la verdadera y así los jóvenes escolares de  Cataluña y el País Vasco que han sufrido a lo largo de los  últimos años su denigración puedan ser recuperados para un  proyecto cordial de patria común en el que se recuerde el  largo período de la reconquista a la que tan heroicamente  contribuyeron ambas regiones;

2.la economía sea ordenada  según un sistema ganglionar cuyos nódulos residan y  resuelvan en cada autonomía; y así se descargue al  sobredimensionado núcleo cardinal que, de este modo,  quedaría circunscrito a ser puro coordinador positivo;  incluso, se convertiría en amable y capaz de ser apreciado  como una de las vitaminas recreadoras del orgullo patrio;  orgullo desde el que se aportaría al conjunto de Europa la  correspondiente contribución hacia un mundo armónico;

3.la  administración eficaz, por competitiva, desde cada  autonomía, será capaz de financiar al centro en sus  funciones de gobierno de la justicia, la educación, la  defensa, la política exterior y las conexiones de la obra  pública de forma que España, coronada y simbolizada por su  bandera, se sienta bien consigo misma en la unidad que se  enriquece con las peculiaridades de cada una de sus  autonomías.

Peculiaridades bien compiladas en Madrid,  ciudad acogedora e imparcial -virtudes aprendidas en más  de 455 años de capitalidad- estación imprescindible del  circuito universal, sede crucial de un idioma que, al ser  vehículo comunicador de cuatrocientos millones de seres,  se convierte en ágora universal de una cultura, la  nuestra.

Al releer lo escrito me digo: Para qué me meto  yo, que nunca me he bajado del andamio, en semejantes  disquisiciones, y me excuso al darme cuenta de que soy un  español más que no se puede contener cuando le tocan su  casa, cuando están intentando hacer temblar la  arquitectura de su España.