23 Dec

El 40 aniversario de Le Corbusier abre un agrio debate sobre su legado artístico

corbusier

La escritura siempre ha preferido convertir al hombre en mito antes que lo contrario.

Por eso siempre sorprende la valentía de embarcarse en el sentido contrario, sin caer en la facilidad de descabalgar con saña al personaje de su peldaño histórico. Mirarlo de frente, sin esconder que toda grandeza suele ocultar no pocas miserias.

Eso intenta el historiador y crítico de arquitectura Jean Louis Cohen, con su  «Le Corbusier, el planeta como obra ». Fue un 27 de agosto de 1965 cuando Charles-Edouard Janneret, nombre real de Le Corbusier, fallecía ahogado a los 78 años, tras un ataque al corazón, mientras se bañaba en las cercanías de su cabaña  «La Maison du Fada » en Roquebrune (sur de Francia).

El personaje sigue despertando hoy interrogantes y pasiones encontradas, y asiste a un despertar del debate sobre su legado arquitectónico en el tetragésimo aniversario de su muerte. Genial y contradictorio.

El texto de Jean Louis Cohen, que sale a la venta el próximo 9 de septiembre y está enjaretado con 500 documentos personales de Le Corbusier raramente publicados, es la obra que más tinta ha hecho correr en Francia. Ajeno a toda polémica, intenta describir al individuo antes que al profeta del cemento, a la persona necesitada de reconocimiento más que al mito, a un suizo genial y contradictorio, dispuesto arrimarse al tronco del poder que más le convenga.

Este libro es a Le Corbusier lo que una piedra basal a cualquier construcción: su pilar imperceptible y cobijado, pero imprescindible para entender la fachada visible. Le Corbusier fue uno de los primeros que aunó los papeles de arquitecto, personaje mediático, provocador casi, toda una figura que consiguió elevar su nombre por encima de sus (muchas) ideas y de sus (pocos) edificios.

Porque pocos le parecían a él, labrado con un ego desmedido, los proyectos que se le encargaban. Descargaba entonces sus teorías en libros que siguen siendo biblias en las universidades, como  «Hacia una arquitectura » (1923) o  «La Carta de Atenas » (1943).

Antisemita declarado y contumaz,  «Le Corbusier, el planeta como obra » prueba cómo Le Corbusier, ávido de encargos, flirteó en vano con la Rusia de Stalin, no le dolieron prendas en el 34 para intentar convencer a Mussolini con su arquitectura racional, luego cortejó al Frente Popular de Léon Blum en el 36, e incluso intentó convertirse en el arquitecto oficial del régimen colaboracionista de Vichy.

Buscó toda su vida convertirse en estandarte

No le valía con edificar viviendas.

Su pensamiento global, criticado o areciado, que mezclaba arquitectura, urbanismo y casi una sociología de los espacios, necesitaba de manos libres para construir una ciudad entera, por qué no un país. De hecho, lo consiguió por fin en la India independizada, en 1960, cuando su mirada cúbica concibió desde cero Chandigarh, ciudad de 500.000 habitantes.

Y fracasó, menos mal, se podría decir, en su sueño de arrasar el centro de París en la posguerra, para levantar un nido de rascacielos cruzados por autopistas.  «Ahora vemos sus proyectos con medio siglo de distancia y nos parecen atroces, pero hay que entenderlos en su época.

Los centros de las ciudades no habían sido rehabilitados », defiende Michel Rocard, director de la Fundación Le Corbusier en París que, quizás para contrarrestar, prepara una edición con textos del arquitecto que enseñan  «su lado afectivo ». Escala urbana . En una explicación más psicológica y plausible, Jean Louis Cohen argumentó al diario  «Le Monde » que  «Le Corbusier es un Don Juan » de la arquitectura:  «La seducción es el ejercicio de la exageración. En realidad, no es un urbanista, sino un arquitecto que construye a escala urbana.

Sus proyectos urbanos son manifiestos […] y él es el resultado de esta esquizofrenia entre el profeta y el poeta ». Desprestigiado quizás con el paso de los años por la relativa decrepitud, arquitectónica y social, de sus famosas  «unidades de habitación » o viviendas colectivas con espacios comunes, quienes lo han estudiado defienden su visión revolucionaria y su capacidad para darle un vuelco a la arquitectura e imponer nuevos conceptos.

«Fue iconoclasta porque combatió a un tiempo el lenguaje clásico y también el art nouveau. Pero creó un modelo todavía de actualidad: un gran interior blanco e iluminado con luz natural, frente al interior del siglo XIX, lleno de objetos y bañado en la penumbra », opina Cohen.