15 Dec

Más que interiorismo

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Nacía hace cien años en Guadalajara (México) Luis Barragán.

Ahora, al principio del nuevo milenio, la celebración de su centenario obliga inexcusablemente a volver la mirada hacia aquel arquitecto único, muy especial, que prefería «el abrigo de los muros a la intemperie de los ventanales».

Barragán, que fallece en 1988, había conseguido en 1965 traspasar la frontera del norte y de paso obtener un gran prestigio internacional mediante su colaboración con Louis Kahn en el Salk Institute.

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Posteriormente la exposición organizada por el MoMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York) en 1976 y la concesión en 1980 del Premio Pritzker ­en su segunda edición­, llevarán a Barragán a convertirse en el arquitecto de culto que es hoy en día.De ahí, que esta efeméride nos brinde una ocasión de lo más oportuna para reflexionar sobre la trascendencia de su legado.

Por una excesiva simplificación, Luis Barragán corría el riesgo de convertirse en el simbólico «enfant sauvage» de una cierta arquitectura indigenista: más cercano a esa edulcorada retórica que suele acompañar a la literatura fácil ­los adjetivos que más se utilizan al describir la obra del arquitecto mexicano suelen ser «poético» y «luminoso», o lo que es aún peor: ambos juntos­, que al hermetismo sutil y sereno, y desde luego más cercano en espíritu al espacio reflexivo que suelen representar nombres como Chirico, Mendelshon o Asplund.

Sin duda, a esta confusión contribuyó tanto la famosa exposición del MoMA, como su aún más conocido catálogo. Una celebración donde Emilio Ambasz oficiaba como comisario y responsable (arquitecto, por cierto, que en la actualidad prefiere no hablar en público sobre la obra de Barragán, dada las complicaciones legales que dicha muestra ocasionó frente a los herederos del colega mexicano).

Bien es verdad que dicha presentación fue memorable en muchos aspectos ­sin ella Barragán probablemente no hubiese alcanzado el reconocimiento actual­, pero lo cierto es que se limitaba a recoger únicamente siete proyectos y que en el catálogo se presentan dentro de una estética demasiado condescendiente con el gusto norteamericano: excesos de colorido en las reproducciones, decididamente más próximas a la estética del technicolor que a la realidad; cierta tendencia a la presentación escenográfica ­las fotografías de la Capilla de las Capuchinas Sacramentarías (1955)  parecen sacadas de una representación de «Diálogo de Carmelitas»­.

Pero sobre todo, la práctica ausencia de documentación gráfica mediante planos de planta, alzado o sección, terminaba por colocarla peligrosamente en el insuficiente mundo de las revistas de interiorismo.Hasta cierto punto aquel error no deja de ser comprensible. Inconscientemente permitía que la indiscutible resonancia intimista de una labor tan exquisita como llena de colorido terminase por ocultar la preocupación por un modo de construir arquitectura.

En cierta medida, era ese rechazo por aceptar lo elemental como lenguaje arquitectónico y su declarada voluntad de renuncia frente a lo innecesario, lo que hasta el momento no nos dejaba asumir la compleja reflexión que esconde la obra de Luis Barragán.

En los muros, los tapiales y las cuadras de Barragán seguramente hay que buscar otra forma de resistencia ante el avance de la desaforada tecnología del mundo moderno y no tanto una forma de entender cómo la evolución puede afectar al uso de lo tradicional. Un testimonio que, gracias al maestro mexicano, nos ayudó a celebrar, por primera vez con tintes abrasadores, el ya casi olvidado ceremonial de la inocencia.

23 Nov

La arquitectura ligada a las ciudades

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Quiero partir de una realidad palpable: cada día es más fácil abrazar el mundo, estar en contacto los unos con los otros, casi de inmediato, lo que nos debe hacer pensar (pensando en los demás) y vivir (viviendo en los demás) de otra manera. Nos debemos todos a todos en el gran escenario de la tierra.

Cada forma de vida tiene sus propias raíces que deben ser respetadas.

Todas las identidades nos identifican. Esto puede ayudar a forjar espacios más habitables, fruto del encuentro de variadas culturas que, aunque distintas, jamás pueden estar distantes, si queremos que la paz anide en todos los lugares.

Esta pluralidad de expresiones culturales, que abarcan un amplio espectro de grafías vivas, se presenta como un fértil campo a tener en cuenta para que las convivencias convivan en civismo y las vivencias nos aviven una solidaridad más callada y real.

interior-design-332209_640Al igual que cuando nosotros decidimos cambiar de vivienda, prestamos atención a llevar consigo aquellos enseres que forman parte de nuestra vida, también debemos prestar especial cuidado a los entornos, a sus corrientes de pensamiento y de espiritualidad, que trascienden a través del arte.

Convendría, a veces, que reflexionásemos más sobre ¿cómo promover y valorizar el arte y la música de los distintos pueblos, su hábitat y arquitectura, para alentar una creatividad inspirada en el universalismo que hemos de aceptar?

Estudiantes de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Granada en la asignatura de Restauración Arquitectónica, dentro del Laboratorio de Restauración Arquitectónica, nos dan ciertas claves situando la arquitectura ligada a los lugares. Ciertamente, en ocasiones, nos puede el afán destructor, activado por la especulación, antes que el de ahondar en el uso que tuvo ese espacio en el tiempo, para comprender costumbres y formas de vida.

El tema asignado a los estudiantes ha consistido en la propuesta de recuperación de un bello palacio renacentista del centro histórico y dotarlo de un nuevo uso.

La novedad de estos trabajos consistió ­en palabras del reputado catedrático de Restauración Arquitectónica de la universidad granadina, Francisco Javier Gallego Roca­ en la «relectura» de la manzana y en la proyección sobre la base, de los materiales y estructuras preexistentes, del carácter tipológico y morfológico, y de la compatibilidad entre la tradición y lo moderno. Sin duda, la arquitectura como arte y como ciencia está presente en todos los tiempos y partes, en todas las vidas y épocas. Conservar las raíces para reencontrar el sentido es una buena manera de hallarse.

Profundizar en la arquitectura del lugar es una acertada manera de descubrir el espíritu de las gentes a través de su historia, su formación ética y su mentalidad ordenada, para luego construir (o reconstruir) espacios habitables que nos impregnen de sosiego y libertad. En la herencia arquitectónica que nos ha legado el tiempo, se lee y se comprende el sentido del amor, el respeto por la vida, la esperanza por un mundo renovado. Necesitamos conocernos más para comprendernos mejor. Sólo se ama lo que se conoce. Los bienes culturales de la tierra, la más fructífera biblioteca de vida, son de todos y para todo el mundo; un patrimonio existencial que se debe conservar materialmente, tutelar jurídicamente y valorar éticamente para ligarnos más a los pueblos, poblarnos de versos y repoblarnos de belleza.

Es saludable para la poesía de la vida no sentirse ahogado en los espacios del aire, unir la estética a la ética y recuperar el asombro de tanto arte perdido por la propia indiferencia humana. Los cascos históricos de ciudades y pueblos, refrendan la mezquindad.

La sugestiva experiencia didáctica llevada a cabo por los universitarios granadinos, conlleva un profundo conocimiento de la situación a restaurar y una sagaz imaginación. De ahí su éxito que ha trascendido al puro localismo.

Una buena manera de trabajar en un mundo que cambia a toda pastilla. Ya se sabe que para reutilizar un edificio es preciso adentrarse en su verdadera naturaleza, también para reutilizar un mundo, cada día más devastado, es necesario introducirse (no adueñarse por la fuerza del poder) en su propia historia.

Aprovechando las energías ­como dice Gallego Roca­ que, en el caso de arquitecturas antiguas están relacionadas con la sedimentación de las culturas «construidas» y de sus experiencias constructivas, uno se encuentra delante de un auténtico espejo que nos invita a mirarnos por dentro y a vernos en los demás, para después reemprender con impulso el camino del goce desde la heterogeneidad de los diferentes territorios.

Es cierto que vamos de aquí para allá, pero a veces no nos detenemos a pensar. Todo se hace cada vez más a carreras, pero tal vez poco eficaz en términos de crecimiento y maduración, de construir edificios que nos edifiquen más en la vecindad y espacios que nos construyan más en el amor.

Por ello, todos los rincones y recintos han de ser admirados, porque la historia es la cátedra de la vida y, su arquitectura, el aire que nos alienta como alimento o nos embrutece como bestias. Todo depende de la senda tomada.